Tuesday, March 17, 2009

A JUAN BOLIVAR DIAZ NUNCA SE LE PONDRAN LOS CARAMELOS RANCIOS

El indetenible paso del tiempo, muchas veces se manifiesta, en ese tipo de simplezas cotidianas en las que ni siquiera reparamos por la falta de tiempo que nos produce una sociedad cargada de urgencias, imprevistos, retrasos, incongruencias y porque no decirlo; encojonamientos.

Quizás sea por eso, que cuando llega la hora de buscar en esas viejas gavetas, cosas que hasta hace poco resultaban cotidianas, nos demos cuenta de que nada mas tenemos el espacio vacío que deja el abandono (a veces) y otras la innecesidad o el progreso ….al final de todo…: el paso del tiempo.

Así, vamos perdiendo de vista el viejo bolígrafo que nunca ha funcionado, esos lentes pasados de moda, 4 o 5 clips oxidados, aquella media goma de borrar que mordimos en una esquina con el stress de una reunión de prensa, las 500 tarjetas de visita atadas con un elástico, la grapadora que nunca funcionó, una pila de papelitos con anotaciones para que la amnesia no haga de las suyas, dos o tres marcadores a los que se le perdió la tapa y dejaron de funcionar hace tiempo, aquella pila de libros que siempre prometemos ordenar, clasificar o cargar hasta el carro en cuyo baúl pasarán varias semanas antes de ocupar el estante de la biblioteca, o los viejos folders con curriculums llenos de sueños que nos envían, y los proyectos que a saber cuando verán la luz.

Perderemos de vista con el tiempo el saco de todos los días, ese que nos salvó de eventos de último minuto, de entrevistas a destiempo, de reuniones sorpresa y la corbata que tanto hemos planchado poniéndole la guía encima.

Iremos dejando atrás la pila de tazas de café usadas sobre el escritorio y los vasos de agua con bandejita y mantelito bordado, la calculadora a la que tanto hemos temido enfrentarnos, las pantallas de computadora con totuma, los mugrientos teclados color marroncito claro (porque la maquina de escribir la vendimos para comprar un fax), y el televisor que pasó más tiempo en reparación que funcionando, ya no veremos a diario el sofá bi-plaza color rojo testigo de tantas cosas y cómplice de más de una siesta escondida, y las dos botellas de coca-cola vacías y una de agua por la mitad, aquel teléfono celular tipo cepillo, y el Beeper que atesoramos para algún día explicarle a un nieto que por ahí llamaba D. Pepin.

Un día veremos como un decorador mal nacido se llevará de la oficina el calendario de una megadiva de las de antes, de las de verdad, con mucho Mega y mucho de Diva, y se llevará el botellón para ponernos una nevera ejecutiva, y con ese botellón se irá Don Fausto, el único que estaba pendiente de cambiarlo, y de chepa alguien algún día nos dirá que se murió feliz en su casita de campo.

Por la puerta de la oficina salió un día el robusto escritorio de caoba que tantos golpes recibió manteniéndose fiel y firme sobre sus 4 patas, para poner uno de Madera prensada sobre el que estornudar se convierte en todo un riesgo, y salió la butaca, y una alfombra (porque estaban de moda), y un afiche de aquel concierto en teatro, y un cuadro de no se quien, salió el teletipo y su mesita, el teléfono de disco, y el papel carbón, y el de periódico lo cambiaron por el bon no sé cuanto, y se fue el archivo para no sé donde y dentro la pila de papeles que mató a Dá. Gertru, la secretaria de toda la vida que un día no vino más.

Y ahora las sillas tienen ruedas, y los televisores se cuelgan de la pared, tenemos un “ratón” en la mesa, y el teléfono va siempre en el bolsillo, hace años que no envío una carta y mis hijos no saben lo que es una estampita o sello de correos, el cable no sólo trae electricidad, no puedo vivir sin Internet, y todo hasta la estufa tiene un control remoto, la pared está llena de papelitos amarillos que se pegan mágicamente, aprendí por necesidad lo que ponen los teclados, send, delete, return, shift, control, tap….y ya casi casi se lo que significa “t sper n cs” cuando mi hija me lo pone en el teléfono.

Y llegaron las arrugas y las canas que nuestro amigo se pinta con “productos químicos”, y los colores de los trajes se fueron volviendo más oscuros, y la ropa interior menos sexy, la hora de la siesta llega antes y el café no nos mantiene despiertos tanto tiempo, y uno empieza a oír los pajaritos que nunca oyó y a decirle a los demás que escuchen lo lindo que cantan, y los sábados es mejor quedarse en casa que salir, y el domingo de playa se cambia por un buen libro…

Es el paso del tiempo lo que hace que las cosas vayan y vengan…(cada vez se van más de las que llegan) y se lleven entre otras cosas…aquellos caramelos que siempre se guardan en las gavetas de la oficina para los hijos que tuvieron que verse obligados a compartir la batalla laboral de sus padres y que mejor forma de hacerlo que con la sorpresa inesperada de aquel caramelo de la vieja gaveta del escritorio de caoba que hoy ya no está.

Se fueron….si….crecieron y se llevaron con ellos ese sabor y la sorpresa…y también los caramelos.

Y difícilmente lleguen más…(ni caramelos, ni niños)…….porque la edad a veces se compone con la madre naturaleza para decir : “hasta aquí llegué” … y los caramelos serán solo un recuerdo para quien los dio y para quien los recibió sin saber que siempre fue mejor así…

Que la gaveta se quedase vacía….y no llena de viejos caramelos rancios…porque algo, entonces, habría hecho Ud. mal.

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